Racismo y Nueva York

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La ciudad cosmopolita. La Gran Manzana de colores variados. La capital de la cultura y las artes americana, con miles de estudiantes venidos de todas partes del mundo a vivir un sueño. Muchas veces me he preguntado si en Nueva York hay racismo a pesar de ese tinte multicolor. Soy de las que parto de que racistas somos todos en menor o mayor medida, al igual que otras muchas cosas cuando nos sentimos amenazados. Yo en NYC nunca me sentí amenazada pero sí diferente. Sobre todo mi primera semana, buscando pisos. Tuve que ir a una zona de Brooklyn, creo recordar que se llamada Brownsville. El nombre lo dice todo. Entre tanto browny me sentí extraña. Era la única blanca del vagón de metro. Y sí. Me senRacismo en Nueva Yorktí observada. O tal vez fue mi paranoia pero cómoda cómoda no estaba. El caso es que me senté en un asiento con mi mapita del metro. Me encanta ver las líneas y las estaciones. Y fue en ese momento, en el que la señora de al lado, al verme “perdida” me preguntó si me podía ayudar. En realidad, aunque era el punto blanco en la pared negra, yo sabía perfectamente donde iba, pero me sentí más a gusto cuando amablemente la señora se preocupó por mí.

Y reconozcámoslo. La mayoría de los negros de Nueva York viven en barrios concretos, al igual que los chinos, los latinos y demás. No sé si eso es integración pero yo no me iba a pillar un piso en Brownsville ni jarta de vino (y mira que soy rebelde y sólo por llevar la contra lo hubiera hecho).

En la oficina donde trabajaba, una vez mi compañera, de origen francés y negra como el tizón,  me contó que su hijo a veces sufría ataques de otros niños, pero mi sorpresa fue cuando me aclaró que no eran los blancos los que se metían con él, sino otros niños de su misma raza. Al pobre le recriminaban por vestir “como los blancos”. Supongo que el atuendo de niño bien no podía ser para alguien de su color, pues el resto de chavales llevaban un estilo más urbano y ancho que no encajaba con los gustos de mi workmate, así como la educación que quería darle a su hijo. Para ella era una lucha el criar a un hijo rodeado de la distinción entre “lo que deben hacer los negros y lo que deben hacer los blancos”.

Y esa anécdota, amigos, es la que me hizo comprender que hay una mentalidad, aun arraigada y solapada entre la sociedad neoyorkina. El color sigue siendo una cuestión de clases, y no me refiero a clases sociales. Si no que los blancos, seguirán siendo los blancos, y los negros seguirán siendo los negros, a pesar de que se quiera hacer una gran paleta multicolor.